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Se van dos grandes hombres

 

El primero que nos abandonó de manera trágica el sábado recién pasado fue Facundo Cabral, contra quien se cometió, no un simple asesinato, sino un magnicidio, por su indiscutible grandeza reconocida en el mundo. ¿Quién podría odiar a un hombre que cantaba y predicaba el amor y la paz en sus canciones? Imposible imaginar que haya alguien capaz de asesinarlo. Advirtiendo que así como existe un código de silencio sobre quién asesinó a John Lennon, así debiera existir un código de silencio del nombre o los nombres de quienes vilmente asesinaron a Facundo Cabral.

Y sin duda, como él mismo lo dijo: “Dios espera que el hombre vuelva a ser un niño para recibirlo en su seno”. En el mundo se le ama; todo el mundo le ama, y ahora, más que nunca, Facundo está presente, llenando espacios físicos y espirituales.

Otro gran hombre que nos ha abandonado, aunque de manera pacífica, es Alfonso Bauer Paiz, de quien podremos decir que tampoco ha muerto: vive en los corazones y las mentes de aquellos guatemaltecos que recibimos sus enseñanzas, entre las cuales estaban el amor a la paz y la lucha por la justicia.

Poncho se dedicó a trabajar por el bien de nuestra patria. Sus principios eran sólidos. Jamás se vendió. Además de tener un gran talento, lo acompañaban las más sólidas virtudes a las que aspira todo ser humano noble y digno.

Fungió como diputado y fue ministro de Trabajo y Economía durante el gobierno de Juan José Arévalo. Continuó con Jacobo Árbenz y fue presidente del Banco Nacional Agrario. Desde entonces luchó por la justa posesión de tierras en el país. Forjó y apoyó el decreto 900 o Reforma Agraria, lo que ocasionó la intervención de la CIA y la caída de Árbenz.

Miguel Ángel Sandoval tiene toda la razón al decir que “Poncho es un referente ético no sólo para la izquierda, sino para quien haga política o labor social con convicciones”.

 

Todavía está vigente la lucha porque se realice el decreto 900 o Reforma Agraria. Si Poncho hubiera seguido trabajando con Árbenz y a este no le hubieran arrebatado el poder, tal proyecto sería ahora una realidad en Guatemala, otra; sin duda mejor, a pesar de todos los tropiezos que existen.

Después de la caída de Árbenz, en 1954, Alfonso se exiló en Chile, México, Cuba y Nicaragua. Trabajó en administraciones gubernamentales como la de Salvador Allende, en Chile; la Revolución Cubana y la Sandinista, en Nicaragua. Volvió a Guatemala por los años 70 cuando, el 30 de noviembre del mismo año, sufrió un atentado que lo puso al borde de la muerte. A diferencia de Cabral, Bauer Paiz pudo sobrevivir y llegar a 93 años.

Si de Cabral me impresionaba su música y sus enseñanzas, de Alfonso admiraba su onda filosofía y la forma de hacerle frente a la vida; un hombre que predicaba con las palabras y con los hechos, pero a la vez, sencillo y tranquilo en la forma de expresarse.

No está de más recordar que era un gran nadador. Se iba a pie a la piscina olímpica de la zona 4, donde ejercitaba tenazmente su deporte.

Por eso su envidiable salud física y psíquica. Salía de su casa desde las 5 de la mañana para llegar a pie al estadio Mateo Flores. Cordial y afable con todo el mundo, pero recio de carácter e incapaz de traicionar su manera de pensar.

Dos hombres, Cabral y Bauer Paiz, de quienes sentimos su partida, pues dejan un vacío difícil de llenar.

Margarita Carrera

Prensa Libre – 14 de Julio, 2011

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