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Cultura que mata
Con la campaña política se pone en evidencia uno de los problemas más críticos que enfrentamos en Guatemala, y en muchas otras partes del mundo: la adicción al uso de fertilizantes químicos. Hablo de estos químicos tóxicos para la agricultura que tantos de los candidatos presidenciales ofrece regalar, porque ilustra adecuadamente cómo hemos sido de “mal educados” o engañados, para que creamos que es bueno y necesario practicar un tipo de agricultura que, a la larga, mata.Vayamos por partes: la agricultura es uno de los saltos evolutivos más grandes de la especie humana. Descubierta principalmente por las mujeres y los ancianos que se quedaban en casa mientras los más fuertes salían de cacería, el arte de cultivar plantas alimenticias es uno de los grandes saltos evolutivos. Pero lo que hoy se practica como agricultura moderna está muy lejos de esa cultura que se desarrolló por el arte de observar e imitar los patrones naturales de crecimiento y asociación de las plantas de determinado lugar. Las diferentes agriculturas practicadas alrededor de la Tierra fueron evolucionando, pero hubo un cambio drástico que se hizo sentir en todo el mundo a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando se empezaron a utilizar derivados del petróleo —muchos de los cuales habían servido para la fabricación de bombas y armas químicas— para producir “fertilizantes” químicos, pesticidas y biocidas. Podríamos llamar “agricultura de la muerte” a esta agricultura moderna que mata todo aquello que le estorba. La otra característica notoria de esta agricultura moderna es que produce una sola cosa, y a gran escala. Jamás encontraríamos en la naturaleza esos gigantescos monocultivos que vemos como normales, sencillamente porque no es natural ni equilibrado. Pero ese sistema, mortal para los suelos fértiles y millones de criaturas, ha penetrado eficazmente en nuestras vidas, pues lo enseñan en las universidades, lo anuncian en los medios de comunicación y lo presentan como la forma más avanzada, inteligente y moderna de producir alimentos. Nada más alejado de la verdad. La monocultura que depende de derivados del petróleo pone en riesgo la soberanía y la seguridad alimentaria de millones de personas en el mundo, enferma los suelos que se rocían constantemente con estos químicos tóxicos y puede hasta matar a las personas, de cáncer —por ejemplo—. La buena noticia es que es mentira que se necesiten los productos agrotóxicos para producir alimentos, y que en todas partes del mundo existe todavía el conocimiento del manejo adecuado de las semillas y la producción de suelos fértiles. Lo difícil es desmontar la perversa noción de que tenemos que recurrir a los químicos para combatir las enfermedades y plagas que atacan nuestros cultivos. La realidad es que eso solamente agudizará los problemas que queremos combatir. Afortunadamente hay movimientos alrededor del mundo que proponen formas de crecer alimentos de manera más sana y respetuosa de la naturaleza, como lo proponen la agricultura biointensiva, la permacutura, la agricultura orgánica y otras escuelas de agricultura. Desde la perspectiva ecologista, es urgente abrazar y fomentar cualquier forma de agricultura que no dependa de agrotóxicos, y trabajar arduamente para prohibir estos químicos derivados del petróleo que matan. Los fertilizantes agroquímicos vuelven dependientes y vulnerables a los agricultores. Este es un tema trascendental, que debe abordarse en los debates presidenciales. ¿Habrá algún candidato que se atreva a desafiar este modelo transnacional? Magalí Rey Rosa Prensa Libre – 12 de Agosto, 2011 |
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