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Atrapados

En el 2005, en el diario El Clarín en Argentina, fue publicado un artículo de la periodista Virginia Messi, con el siguiente título: La desaparición de mujeres. Un drama que lleva el sello de la mafia de la prostitución.

Messi resume claramente el drama que sufren las jóvenes mujeres cuando son atrapadas por las redes de traficantes de personas. El horror aumenta cuando nos damos cuenta de que no solo son mujeres, sino también niñas, niños y adolescentes que son secuestrados por esas redes de gente infame.
 

Cito un párrafo de Messi: “De pronto un día una mujer desaparece del barrio, de su pueblo, de su ciudad. Nadie sabe adónde fue, quién se la llevó. Pasan semanas, meses o a veces ya nunca más se tienen noticias de ella. Mientras, la chica está lejos, a cientos de kilómetros de casa. La tienen secuestrada, encerrada, drogada y amenazada para dejarse prostituir. Es una esclava del siglo XXI, una víctima del tercer negocio ilegal más redituable del mundo detrás del tráfico de drogas y el de armas: la trata de personas”.

Esa odiosa red de comercio sexual, ¡vende, compra, importa y exporta personas! como si fueran mercancías con toda impunidad. En el informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU) del año 2000 se menciona que dos millones de niñas de entre 5 y 15 años fueron vendidas para explotarlas sexualmente. El mayor número de víctimas procede de América Latina. Lo peor es que las redes se han fortalecido, debido a dos fuertes razones: 1. Los altos índices de pobreza, violencia, desintegración familiar, ausencia de educación y movimientos migratorios que existen en nuestras regiones. 2. Nuestras sociedades y Estados lo toleran, aunque esas redes violen flagrantemente los derechos humanos de las personas. Es más, cometen un acto criminal, ¡encubierto!, porque el tema permanece invisibilizado. No se investiga ni se captura a los eslabones de las redes, ni siquiera a los crueles proxenetas.

En un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), leí el siguiente testimonio de una adolescente. “El proxeneta me amenazaba constantemente. Me decía: “¿Quién sos vos? Si apareces muerta nadie va a preguntar de qué fue que te moriste”. Las personas atrapadas por estas redes perversas sufren torturas no solo físicas, sino también psicológicas, hasta que les matan el alma. Las víctimas llegan a creer que no existe otra forma de vida para ellas, que no tienen salida, que no tienen a quién acudir.

La trata de personas con fines de explotación sexual es una historia repugnante que a nadie le gusta escuchar. Es por eso que el dinero ha podido más que la tortura diaria padecida por millones de víctimas que viven atrapadas en esta inhumana actividad. Para Francisco Varela, conocido filósofo y biólogo chileno, es un problema de “falta de amor en nuestras sociedades.” “Lo mismo creo yo,” susurró el Clarinero.

El viernes próximo me referiré a la infame explotación sexual que existe en Guatemala pero nadie quiere verla, ni oír ni hablar de ella.

Prensa Libre - 18 de noviembre, 2011
 

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