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Los muertos de la corrupción

Los malos manejos derraman sangre.

La muerte de Vinicio comenzó en la carretera, de la manera más absurda.
Este hombre de 33 años manejaba su camioneta a las dos de la tarde, cerca de Villa Canales, cuando un auto comenzó a metérsele enfrente y hacer zig zags sobre el asfalto.
En lugar de contar hasta cien mil y dejar que se fuera, Vinicio aceleró para alcanzar al provocador. Comenzó la persecución, hasta que el acompañante de Vinicio, su asistente, logró convencerlo de calmarse y olvidar el incidente. Siguieron su camino pero un kilómetro más adelante vieron al mismo auto, estacionado en el hombro de la carretera, esperándolos.
Vinicio detuvo la marcha a la par del vehículo. Iba a soltar el reclamo, cuando su compañero vio que el conductor estaba buscando algo entre la guantera. “Vámonos, vámonos, está armado”, alcanzó a decir el muchacho mientras se agachaba bajo el asiento. Demasiado tarde. El piloto empuñó la pistola y disparó. “Me dio, me dio”, gritó Vinicio, llevándose las manos al estómago. La sangre manaba, tibia y viscosa, entre sus dedos.
Se bajaron de la camioneta mientras el compañero de Vinicio clamaba por auxilio. Ninguno de los dos tenía saldo en el teléfono. En ese momento apareció un picop que los llevó al hospital de Amatitlán, donde ingresaron a Vinicio al quirófano. El daño era demasiado severo: el balazo había perforado páncreas, estómago e intestinos. Los médicos decidieron sacarlo de sala de operaciones, le explicaron a la esposa que no contaban con los recursos para tratarlo y lo enviaron al hospital Roosevelt.
Lo metieron en una ambulancia, acompañado por su esposa, quien no podía hacer más que sostenerle la mano. Llegaron a la emergencia a las cinco de la tarde pero las posibilidades de sobrevivencia de Vinicio no mejoraron. No había lugar en el intensivo: el herido tendría que esperar en una camilla de observación.
Antes de la media noche, otro baleado murió y Vinicio pudo al fin ingresar al intensivo a recibir la atención que necesitaba desde las dos de la tarde.
Los médicos ya no pudieron hacer nada por él. Murió a las dos de la mañana, doce horas después de haber recibido un balazo en la carretera. Un año antes, su hermano mayor también fue asesinado.
Dirán ustedes que historias como esta han sido durante años el pan de cada día en los hospitales públicos. Algunos incluso reclamarán que yo le dediqué espacio al caso de Vinicio, como si de pronto hubiera despertado a la realidad.
Desde luego que yo conozco estos problemas. Pero una cosa es verlos de lejos y otra muy diferente dar un abrazo de pésame porque esta vez, las condiciones lamentables de los hospitales públicos han golpeado a alguien que tenemos cerca.
Vinicio era cuñado de una compañera de trabajo. A las once de la noche del día que lo mataron, la semana pasada, ella me llamó, angustiada, para preguntarme si yo no conocía a alguien en el Roosevelt que pudiera abogar por su cuñado moribundo. No pude ayudarla. ¿A quién pedir auxilio en esas circunstancias? ¿A quién rogarle un favor que pueda significar la diferencia entre la vida y la muerte?
Colgué el teléfono, temiendo lo peor. Así fue. A la mañana siguiente, encontré en el camerino del Canal a la compañera ojerosa y vestida de negro: el tío de sus hijos estaba muerto.
Lo escribo ahora para que dimensionemos la importancia de la discusión sobre el presupuesto, el déficit fiscal, las trapisondas de evasores y corruptos y los sobreprecios escandalosos pagados en medicinas.
El dinero que no llega al tesoro público, el que se hace piñata a través de los fideicomisos y ONG, el que se roban a punta de comisiones y contratos, se traduce en vidas perdidas como la de este hombre de 33 años, en mujeres que deben enfrentar solas la crianza de sus hijos, en el llanto inconsolable de un niño de cuatro años que no verá nunca más a su padre. 

El Periódico - 16 de noviembre, 2011

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