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Buenas costumbres

Justicia implacable para la gente “como nosotros”.

La muerte de Cristina Siekavizza se ha convertido en un símbolo. Al menos para la elite que lee los periódicos y se mantiene al tanto de los casos judiciales emblemáticos. Un caso que engrosa la larga lista del “femicidio” en Guatemala, extraña palabra para la vieja costumbre de maltratar a la mujer y someterla con diversos tipos de violencia: a veces sutiles, a veces implacables.

¿Por qué el caso de Cristina se convirtió en emblemático? Es difícil encontrar el por qué, pero es importante. En nuestro país han sucedido una serie interminable de asesinatos de mujeres, al cual más descarnado. Mujeres desmembradas, torturadas, aparecidas muertas en barrancos, alcantarillas o basureros. Nunca el MP había tomado un caso tan en serio. Ni siquiera la continuidad de la violencia había logrado captar su enérgica actuación. Quizá la implacable presión pública ha sido determinante para empujar los engranajes, lo cual nos demuestra qué importante es la exigencia ciudadana. Pero nuestra sociedad exige justicia de manera selectiva. No todos los casos son de su interés. Si una marera termina despedazada, la opinión pública se torna suspicaz. Hace unos años, el caso de una muchacha asesinada fue descuidado porque los policías asumieron que era prostituta ya que usaba sandalias. Históricamente, el hecho de que la víctima sea sospechosa “de andar metida en babosadas” ha eximido a los criminales.

¿Por qué el caso de Cristina indigna a la sociedad guatemalteca? Parece que la llave es que ella encarna todo lo que la sociedad respeta por ser políticamente correcto. Una esposa y joven madre, casada, habitante de los suburbios. ¿Qué se entiende? Una buena familia, en el seno de la cual no se espera una acción perversa y brutal. Eso golpea, pues rompe el paradigma de que solo las malas mujeres, las que se van de fiesta con el novio, las que se “portan mal”, son las afectadas por la violencia. Cristina demuestra con su muerte que las buenas costumbres que asumimos como virtud innata de las buenas familias no es real. De allí que el problema de la violencia contra la mujer puede estar metido en la propia casa.
La justicia no puede ser implacable cuando se trata de “alguien como nosotros” y no existir para la gente marginal o de una reputación que se juzga dudosa, bajo el estrecho espectro que posee una sociedad conservadora.

La muerte de Cristina Siekavizza debería convertirse en una amplia chamarra que proteja a todas las mujeres sin exclusión por prejuicios sociales, raciales o de moralidad. La justicia no puede concederse como un privilegio. Cuando todos los crímenes, sin excepción, sean investigados y sancionados conforme la ley, quizá se rompa el paradigma de que es posible violentar a la mujer sin consecuencias.

El Periódico - 28 de octubre, 2011

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