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¿Q500 millones? Eso es poco

El verdadero costo de las campañas y el gigantesco negocio de hacer política en el país.

Es lógico que una campaña electoral en Guatemala resulte más cara que en otros países, incluso de extensión y población bastante mayores, como lo refleja el estudio presentado por Acción Ciudadana el miércoles. Aquí la práctica política se ha convertido en una pura cuestión de marketing. No existen partidos entendidos como instituciones, sino vehículos electorales, de efímera duración, carentes de un ideario concreto con el cual se identifique un grupo de votantes. Con escasa excepción, todos defienden poco más o menos lo mismo y las diferencias entre sí se restringen a las personas que los integran. Muchos de los activistas de los partidos y los propios candidatos van cambiando de organización conforme se hace prudente para garantizar que los reelijan o para asegurar el trabajo o el negocio. Imagine usted la confusión de los votantes en cualquier distrito que hoy ven al candidato con una bandera y a la próxima elección lo ven acuerpando a quien se suponía hace cuatro años que era el peor enemigo.

Por eso se hace necesario introducir signos nuevos a cada cuatro años y mercadear por todo lo alto al producto que se encuentra de promoción en la temporada. Puesto que suelen ser candidatos bastante deslucidos, sin demasiadas ideas que transmitir desde las tarimas, no digamos en reuniones de correligionarios, pues se hace necesario invertir en prolongadísimas campañas para presentárselos a los votantes. Cada ocurrencia, un spot de TV. Cada cara nueva, una valla gigantesca para que le reconozcan.

Además es esencial ofrecer regalitos. El electorado nacional se ha convertido en un barril sin fondo que lo mismo recibe playeras, gorras, gorgoritos, banderas y toda clase de decoraciones para la cabeza; que líos de lámina de zinc, fertilizantes, bolsas de alimentos, pollos para crianza y aperos de trabajo para el campo. Solo el partido oficial a cada cuatro años invierte una suma gigante para asegurar los votos de aquellos a quienes necesita sobornar para que le mantengan en el puesto. Y eso nadie lo echa en suma a la hora de hacer cuentas del gasto de campaña. Calcule el costo nada modesto de cuatro mil monitores del programa Mi Familia Progresa que condujeron a las votantes de las comunidades beneficiadas a la urnas. Después que no nos vengan a hablar del liderazgo de las figuras. Si a cuenta de pura plata, muchas veces pública, se construyen las candidaturas en este país.

Cuando uno se pone a considerar todo lo que hacen los políticos para conseguir el voto de los guatemaltecos, llegaría a la conclusión que Q500 millones son más bien pocos. Piense usted en el inmenso gasto de financiar buses, picops, taxis, camiones, tuc tucs, lanchas y todo tipo de transporte para acercar a los votantes a las urnas. En los regalos que la TV ofrece a los partidos políticos en espera de algún buen trato cuando administren los fondos públicos. Y luego, sobre todo, piense en aquel dinero que se ha entregado a los candidatos mayores, a quienes cuentan con verdaderas probabilidades de alcanzar el cargo y que va dirigido no a financiar gastos de campaña sino a acrecentar su propio peculio. Los cheques de Taiwán, por ejemplo o los de empresarios privados. Puesto que en Guatemala no existe ninguna transparencia real y los políticos pueden mentir bellacamente sin que haya institución alguna que frene sus engaños, buena parte de ellos se enriquece durante la campaña. Desde candidatos a diputado que reciben el endoso de grandes bancos a cambio de contar con un mandatario suyo en el Pleno, hasta Presidentes de la República que reciben como regalo relojes de US$10 mil de un proveedor del Estado.

Claro que la Unidad de Investigación Financiera jamás le seguirá las huellas a las cuentas de un candidato a alto cargo y la declaración del patrimonio propio es una pura burla. Nunca sabemos cuánto se enriqueció un gobernante en el poder aunque salte a la vista su nueva riqueza.
Pensando en todo esto uno llega a la conclusión que Q500 millones es muy poquito. Hasta barato nos ha salido.

El Periódico - 28 de octubre, 2011

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