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La piscina de lodo

Ataques personales, no discusión de propuestas.

Escribí acerca del primer debate de la Asociación de Gerentes, así que me parece obligado hacerlo también del segundo.
De la misma forma en que comenté aquella vez que el ganador del ejercicio había sido el general Otto Pérez Molina, hoy les digo que quien se llevó el triunfo en el ejercicio del lunes fue el doctor Manuel Baldizón.
Ya sé que habrá quienes me acusen de tener una visión sesgada y tendenciosa, como ocurrió hace unos meses. Y les repito ahora lo que afirmé entonces: mi valoración del resultado del debate no constituye, de ninguna manera, una adherencia a proyecto político alguno.

Se trata, sencillamente, un dictamen frío, producto del análisis. ¿Por qué digo que el ganador fue Baldizón? Muy fácil.
El candidato del Partido Lider llegó al debate con una estrategia clara. De hecho, por su forma de ser, me parece que la dinámica del evento le favorecía. A lo largo de estos meses, Baldizón ha adquirido tablas como candidato. Se siente como pez en el agua en la polémica y posee una verba inagotable, además de chispa para las respuestas rápidas.
El general Pérez Molina, en cambio, es un hombre más bien callado y reflexivo. Una esfinge: las tarimas no son lo suyo.
En fin. El caso es que Baldizón llegó al escenario del Teatro Nacional con la clara intención de aturdir al oponente y sacarlo de sus casillas. Ciertamente, para lograrlo con mayor eficacia, burló las reglas acordadas con los organizadores del debate y sacó documentos para descalificar al rival.

La infracción a las normas le valió una llamada de atención de parte de los organizadores. Sin duda, esa decisión podrá tener un costo marginal para Baldizón: quienes ya lo veían con desconfianza, ratificarán sus sentimientos negativos. Pero a golpe dado, no hay quite: mi apuesta es que el candidato de Lider logró asestarle un par de puñetazos al jefe de los Patriotas y sentar el tono del evento.
El otro acierto de Baldizón es que desde el principio sabía a qué público le era más rentable dirigirse. Desde luego, no se trataba de las personas sentadas en el auditorio. El candidato de Lider llegó con la clara intención de hablarle a la persona que escuchaba el radio o miraba la televisión.

Arengar a la gente que ocupaba las butacas del Teatro no tenía sentido: unos eran suyos de antemano, los otros pertenecían al oponente. Los espectadores neutros se contaban con los dedos de las manos. La audiencia invisible, la que escuchaba más allá de las ondas radioeléctricas era la verdaderamente apetecida.
Aquí hay otras valoraciones interesantes. El joven analista político Phillip Chicola opina, por ejemplo, que la estrategia de Baldizón, al instigar los ataques personales, podría haber tenido como objetivo desencantar al votante urbano que, según las encuestas, es quien podría darle alguna ventaja a Otto Pérez el 6 de noviembre.
Lo vimos en 1995: Alfonso Portillo estuvo a punto de arrebatarle el balotaje a Álvaro Arzú, quien ganó con una ventaja de poco más de 30 mil votos, que le dio el distrito central. Si Baldizón logra neutralizar a ese tipo de votante afecta una de las variables que necesita manejar para obtener una victoria.

Pero fuera de los resultados tácticos de la batalla que se libró en el Teatro Nacional, para mí y para muchos electores, la conclusión fue triste. Los contendientes no nos ofrecieron una discusión política, sino que se zambulleron en calzoncillos a una piscina de lodo. La queja de los ejercicios anteriores era que se habían limitado a presentar exposiciones más bien pasivas: foros, criticaba la gente, no auténticos debates.
Después de lo ocurrido, me parece que ni nuestra cultura política ni la calidad de nuestros liderazgos alcanzan para entablar un diálogo donde las propuestas se discutan de verdad, sobre la base de hechos y méritos, no a punta de ataques personales. Habrá a quienes les interese el intercambio de insultos. Yo, la verdad, paso. El país allá afuera se está desmoronando y merece más que eso.

El Periódico - 19 de octubre, 2011

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