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Sin carreteras no hay desarrollo

Urge recuperar la red vial.

Ya no recuerdo quién la dijo, pero la frase se quedó grabada en mi memoria de manera natural, sin esfuerzo, como un chicle en el zapato. Así de pegajosa resulta a veces la idea tras la política.
“Las carreteras no son el resultado de nuestra prosperidad, sino su origen”, explicaba un alto funcionario de los Estados Unidos en un documental. Ve pues, pensé, qué útil darle vuelta a las percepciones, o si quieren ustedes, distinguir entre causa y consecuencia.

La estrecha relación entre caminos y desarrollo ha sido abordada recientemente en el Cuarto Informe Estado de la Región, que ha evidenciado que los lugares más aislados de Centroamérica a menudo son también los más excluidos y los más pobres. Se trata de una verdad de Perogrullo, dirán algunos. Sin embargo, viene a mi mente aquel fogoso candidato que hizo campaña criticando la ampliación de la red vial. “Los ladrillos no se comen”, denostaba en las tarimas. Y no solo ganó las elecciones, sino que la gente lo sigue escuchando.
Pero divago. Lo cierto es que las carreteras, además de facilitar las comunicaciones y los negocios, son una poderosa herramienta para el desarrollo. Donde no hay caminos, rebulle la pobreza, pues no pasa ni la gente ni las mercancías ni las ideas.

¿De qué le sirve producir a un campesino si no puede sacar su cosecha hacia mercados más rentables? ¿Cómo esperar mejores oportunidades cuando los maestros llegan tarde, mal y nunca porque deben moverse a lomo de bestia? ¿Cómo pedir salud si no se pueden transportar ni los médicos ni los enfermos?
Ni qué decir de los costos que impone el aislamiento a la seguridad pública. Hay varias razones que dan cuenta de la presencia del crimen organizado en Petén, pero la soledad de vastos territorios es una de ellas. Donde no hay autoridad, anidan las mafias.

De ello se desprende que el próximo gobierno deberá enfrentar el desafío de recuperar la red vial. La actual administración abandonó esa tarea. Hace un mes apenas, el director de la Unidad Ejecutora de Covial, Alfredo Cóbar, decía que el 40 por ciento de las carreteras se encontraba en mal estado.
Un recuento de los daños más apremiantes, publicado hace un par de días por este matutino, muestra que ni siquiera se salvan las principales rutas del país, las que soportan mayor tráfico y mantienen viva a la economía.
Apenas el sábado se formó en plena carretera al Pacífico uno de esos temibles agujeros que se han abierto desde hace poco en diversos puntos, como si la tierra tuviera ganas de engullirnos. Tomará varios días repararlo y mientras tanto nos preguntamos ¿dónde aparecerá el siguiente agujero?, ¿A quién se tragará?

Hay más estropicios dignos de reseñar. Ya hemos hablado de la carretera a Retalhuleu, convertida en una pista de fabricar chatarra y pinchar llantas. Cerca de la capital también han ocurrido desastres del asfalto, notablemente en los caminos de San José Pinula y San Pedro Ayampuc.
No se salvan los destinos comerciales ni los turísticos. Llegar al lago de Atitlán también se ha convertido en una aventura extrema. El “camino viejo” de Las Trampas se encuentra constantemente obstruido por los derrumbes del Cerro Lec. Por el otro lado, de Sololá a Panajachel, un día sí y otro también se desmorona la montaña a altura de La Catarata.
En el camino de retorno de la Antigua, meca de visitantes locales y extranjeros, hay un derrumbe que provoca embotellamientos y avalanchas de oraciones, especialmente los fines de semana cuando los automovilistas pasan clamando al cielo para no precipitarse en el barranco.

¿Cuánto dinero se necesita para reparar los caminos? Antes de lanzar una cifra al aire, hay que transparentar la famosa “deuda flotante” e imponer controles auténticos para asegurar la calidad de las rutas y evitar el caos en la repartición de contratos untados de chapopote.
No podemos seguir operando con los niveles actuales de corrupción y negligencia profesional, a menos que el plan sea paralizar al país y dejar que se vaya al abismo

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